Empatìa

 

Hace unas semanas, en la recta final del mes de diciembre; como todos los días, viajaba en mi habitual transporte, el autobús que me llevaría a una de las estaciones del subterráneo el cual, era el siguiente transporte; uno más para llegar al trabajo.

En el transcurso del viaje, me encontraba inmerso en mis pensamientos dialogando conmigo mismo y haciendo un recuento sobre lo vivido en el año.

Los proyectos y ventas logrados de los cuales estoy agradecido, y otros que por alguna razón los grandes clientes optaron por nuestra competencia aún y con los precios y los excelentes diseños presentados. Algunas veces uno no comprende los gustos del cliente aunque tiene que ver con la preferencia u otros beneficios que le ofrecen sus otros proveedores. En fin..

Avanzaba la unidad de transporte por las avenidas de la Ciudad de México. Recorría la cinta asfáltica. Se detenía en determinados puntos para el ascenso y descenso de pasajeros, todos sumidos en las prisas, algunos somnolientos tras un leve sueño en el trayecto; otros revisando el reloj, otros más emprendiendo la marcha a toda velocidad una vez tocaban el piso. Estaban también los que se abrigaban lo mejor posible para protegerse del frío de esa mañana que había amanecido de cuatro grados.

Yo mientras tanto, contemplaba el panorama mientras me encontraba inmerso en mi música. Disfrutando en ese momento, de la letra y melodía de la canción de mi banda favorita, I Still Haven't Found What I'm Looking For. De pronto, metros más adelante, esa atmósfera cambió.

En una de esas paradas, de entre los usuarios que abordaron el autobús donde yo viajaba, había ascendido un peculiar personaje.

Yo mientras tanto, sumergido en mis pensamientos, sólo miraba a través de la ventanilla mientras el autobús seguía su marcha. No presté atención pues como dije, llevaba puesto mis manos libres y disfrutaba de mi música mientras cavilaba sobre un tema relevante en mi vida. Por esto, no sabía lo que sucedía en mi entorno, sólo me perdí en mis pensamientos envueltos en todas esas partituras.

Instantes después, algo llenaba de escándalo esa caja metálica mientras todos los pasajeros permanecían inertes, atónitos, inclinados distraídos en su móvil.

Al darme cuenta de eso, detuve la música y retiré los audífonos y me dispuse a prestar atención a lo que sucedía al frente de la unidad motor. Dentro del camión, reinaba un silencio implacable, sólo se percibía el ruido del motor y de aquel personaje. Nadie se inmutaba en reaccionar al acto que el hombre vestido de payaso realizaba al frente.

Todos lo ignoraban, incluido yo. Pero al notar el enorme esfuerzo que hacía para lograr una sonrisa o una interacción con los pasajeros, sentí pena por él, pues sentí que algo muy fuerte le ha dado ese impulso para aferrase y soportar esa displicencia, esa arrogancia que solemos exponer al sabernos seguros en esa posición de espectador.

Continuaba esforzándose por lograr la interacción. Improvisaba algunos chistes, realizaba preguntas capciosas sin respuesta alguna hasta que finalmente, él mismo se contestaba, y nuevamente animaba al público a colaborar. Al no tener respuesta a su labor, optaba por un discurso de ánimo impulsando a todos a sonreír, no sólo al acto que él ejecutaba sino a la vida, a lo que todos en ese momento teníamos como es: la salud, la vida misma, la movilidad; el contar con un empleo, familia. En fin….

Reforzaba el diálogo ofreciendo disculpas por su intromisión a esa incipiente calma  diciendo: a veces venimos perdidos pensando en nuestros problemas. Algunos sencillos, algunos complejos pero sin duda  nos afectan de la misma forma. Sé qué a bordo de esta unidad alguno de nosotros trae un tema de trabajo,  de dinero, de un enfermo, incluso uno mismo padeciendo, pero si dejamos o nos entregamos a ese problema, le damos el poder para hacernos pedazos. Claro que es muy difícil todo, pero si nos detenemos un momento y re-direccionamos nuestro camino, si nos damos un momento y buscamos nuestra paz, podremos ver que  hay motivos para sonreír. Duele, claro que si. Todas las situaciones o momentos que no están en nuestro calendario nos causan dolor, pero este servidor, está convencido que el sol de  cada nuevo día nos da una nueva oportunidad de enmendar, de reconstruir o de trabajar duro para superar todo obstáculo.

 Al culminar este discurso, retomó el show.

Una dama ubicada más al frente del autobús, conectó con él respondiendo al acto con lo que le venía a la mente a lo que éste atendía dando la respuesta correcta improvisando un remate gracioso.

Me sumé a ellos a modo de coro reforzando un poco a lo que la dama hacía y lo que el payaso desarrollaba en su número con aplausos o con un ¡Ooh!.

A unos minutos de arribar a la estación del metro, mismo lugar que también es la terminal de la ruta, finalmente el payaso había logrado la atención de la audiencia y cerrado su actuación de la mañana.

Después de esto, agradeció la atención realizando un speech motivacional para después, recolectar las monedas que alguien le pudiera obsequiar.

Por supuesto que aporté pues su trabajo lo merecía. Fue una forma de reconocer el valor de pararse frente a doce o quince personas que, no te hacen caso, ni te miran siquiera.

Una vez ubicado el autobús en la base, todos los pasajeros descendimos, el payaso lo hizo primero perdiéndose entre la multitud. Me desplacé con calma a pesar de tener el tiempo justo para llegar a mi junta.

Unos pasos más adelante lo descubrí. Titubeante, analizaba la unidad para el trabajo. No pude dejar pasar la oportunidad. Me aproximé a él, volteo a verme.

Estreché su mano al tiempo que dije: amigo, te felicito por lo que haces y qué valor tienes al hacer este trabajo. De verdad, qué valor para pararte frente a personas que te ignoran y esforzarte hasta lograr que la gente responda.

Amigo, estoy en una situación desfavorable, tengo familia y en ningún lugar me dan empleo, tengo que llevar el sustento a casa así que no puedo titubear o dejarme vencer pues es lo único que puedo hacer. Si, es muy duro poner tu cara de idiota ante esa gente que muy seguramente piensan en lo estúpido que te ves haciendo o intentando algo gracioso una y otra vez. Pero eso también se vuelve un reto y aprendizaje, entonces sacas el carácter y la inspiración y finalmente logras la respuesta del público: no de todos, pero sí de una buena parte lo cual se vuelve en un momento de gloria. Finalizaba el señor payaso.

Nuevamente le felicité, le reconocí su valor, estreché su mano al tiempo que me agradecía el detalle que tuve hacía él por el trabajo, por mostrar empatía.

Volvíamos a nuestros pasos los cuales nuevamente nos llevaría cada quien a su destino.

Esto me hizo reflexionar sobre cómo hemos perdido la sensibilidad y nos hemos sumergido en nuestra arrogancia, al igual que en un aparato como el móvil y toda la información que en él está disponible dejando atrás el lado humano.

Es una pena todo esto.

Debemos aterrizar y retomar la comunicación persona a persona y mostrar empatía ante las cosas sensibles en la vida.

No es tarde para esto.

(FIN)

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El amor es libertad

Hola amigas y amigos, encantado de saludarles con un nuevo blog. Les mando un muy fuerte abrazo deseándoles lo mejor.
 
La historia que les traigo en esta ocasión, sucedió cuando era niño. Siempre he tenido la idea que la vida es un aprendizaje continuo; incluso que uno no aprende a vivir, vive aprendiendo.

Vivíamos al oriente de la Ciudad de México. Era un niño de siete años que vivía los estragos de los constantes cambios de domicilio por el trabajo de papá. 
Lidiábamos con el acoplamiento o el acostumbrarnos de nuevo a un entorno diferente. Pero era libre, y con esa excusa, me desplazaba en mi bicicleta por aquellas calles aún sin pavimentar de la colonia. 
Los servicios deficientes, o escasos mejor dicho, pues carecía de alumbrado público, agua potable… en fin, una colonia aún en desarrollo. 
Los días lluviosos convertían las calles desnudas en auténticos ríos de lodo y piedras que cuya falta de alumbrado hacía un tanto tétrica la escena en las tardes o entrada la noche.

Un día, comenzó a llover alrededor de las tres de la tarde. 
La precipitación duró algunas horas dejando la calle por donde se ubicaba nuestra vivienda, empapada aunque se mantenía la llovizna entrada la noche. Justo por esa falta de iluminación, era un alivio ver llegar a papá.

En esa tarde lluviosa, nació esta historia que me dejó gran aprendizaje.

Esa tarde, alrededor de las siete de la noche, al salir a la calle con muy poca luz proveniente del hogar de la vecina de enfrente, pude ver una pequeña silueta sobre la barda de la misma. Absorbido por la curiosidad, y temeroso, me aproximé paso a paso a verificar o cerciorarme de dicha sombra. Grande fue mi sorpresa al llegar a esa cerca. 

Era una paloma.

Pude distinguirla gracias a la tenue luz que iluminaba el pequeño patio.
No mostró resistencia o intención de huir con mi presencia y proximidad, pareciera que esperaba  ser rescatada. La tomé entre mis manos, la recargué en mi pecho protegiéndola de la lluvia y la llevé a casa. 

Era una hermosa paloma blanca que no ponía resistencia mientras la secaba con una de mis viejas camisas. 
Recorrí poco a poco su delicada silueta hasta que de pronto se sobresaltó, fue entonces que me percaté del daño a una de sus alas. Al parecer con la fuerza de la lluvia y los vientos de esa tarde, algo la había golpeado. 
Como niño, qué puedes hacer en estos casos por lo que lo único que me vino a la mente fue, proteger el ala afectada por lo que junto con mi hermana Isa, hicimos todo lo posible por curarle la herida. Estabilizamos el ala dañada con un rustico vendaje que elaboré con parte de la camisa que utilicé para secarla, el sobrante de la prenda lo aprovechamos para cubrirla y le generara un poco de calor.

Al día siguiente. 
Al verla un poco mas animada. 
Con el temor de que intentara volar, corté las puntas de las plumas de sus alas para evitarlo. 
Así pasaron los días y poco a poco fue sanando.
Conforme crecían sus plumas, se las seguía cortando para que no se fuera, aparte, buscaba que el ala afectada, se restableciera lo mejor posible.

Asumí la total responsabilidad en su cuidado.

Todas las mañanas muy temprano, la sacaba al patio en donde le servía de comer maíz triturado, y colocaba un recipiente con agua para ella. Siempre al pendiente de que no se alejara del patio porque pensé que podría ser atacada por algún perro callejero debido a que el predio en el que vivíamos, no estaba bardeado.

Por las noches, la metía a casa y la colocaba sobre el pedazo de tela. 
Así transcurrieron al rededor de treinta días. 

Una mañana cuando la saqué como diariamente lo hacía, con el ala un tanto recuperada, al salir, se posó en el centro del patio y me di cuenta cómo sus hermosos ojos miraban al cielo contemplando a las otras aves volar.

Se mantuvo así por un tiempo, y solo sacudía el ala sana intentando volar. 
De pronto aleteó con fuerza, y en un impulso de fortaleza comenzó a correr de un lado a otro buscando impulsarse sin lograr despegar y lastimándose a cada caída.

¡Sentí que mi corazón se destrozaba al verla intentando recuperar su libertad!

Tras este acontecimiento, opté por encerrarla por temor a que se repitiera esa escena.

Días después, frecuentemente se aproximaba a la puerta intentando salir lo cual le impedía en cada intento.

Una mañana mientras le servía maíz en un recipiente, pensé en lo que paloma había hecho hace unos días, y me di cuenta que no era justo lo que yo estaba haciendo.

Después de dos meses me había encariñado mucho con paloma, pero ella debía seguir su destino y su vida por más que me doliera. 

Tomé la decisión, y una mañana abrí la puerta; repetí la misma rutina, depositarle comida y servirle agua. 
Tras comer un poco, paloma aleteó. Hizo algunos intentos. 
Mi corazón palpitaba con intensidad al ver cómo en repetidas ocasiones buscaba elevarse. 

Y por fin voló.


Realizó algunos vuelos en círculo sobre el patio como señal de agradecimiento, y se perdió entre las demás aves que todas las mañanas la visitaban.

Me sentí solo y desconsolado.

No podía comprender cómo te puede afectar la ausencia de un ser como lo puede ser un animal.

Ocasionalmente volvía por comida, se detenía y me miraba por unos instantes, luego volaba de nuevo hasta que un día ya no volvió más. 


Entonces comprendí el valor de la libertad y el de ser agradecido. 
Sin duda, paloma me dio una gran lección.
 
Desde niño comprendí la importancia de la libertad y el amor.

Al principio pensé que sólo había rescatado a una frágil paloma y la había curado. Pero era un hecho que en poco tiempo, se volvió parte de mí. Parte importante y de relevancia pues dentro de mi pequeño corazón, nació el gran cariño por ese ser que requería de ayuda y compasión.
Esto se convirtió en un gran amor que incluso me dolió al verla intentar retomar el vuelo.
Retomar su libertad.
El amor es eso. 
Comprensión, valor y libertad.

Libera por más que ames y dale el valor a lo vivido.

El amor, es libertad.

(Fin)


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La lección que los animales nos brindan

Qué tal amigos míos.

Me encanta saludarles con un nuevo blog después de mucho tiempo. 

Les dejo un buen abrazo con gran afecto.

Ustedes que me han regalado su tiempo leyendo mis blogs, seguramente saben que amo a los perros: a los animales en general. Incluso me tomo el tiempo y en medida de lo posible, hago algo por ellos, gracias al cariño que desde niño tengo hacía la fauna con quienes compartimos este planeta. Y creo qué tal vez, debido a esto, es que  mantengo la idea de que incluso los animales, suelen enseñarnos o darnos grandes lecciones.

Durante toda mi vida, he tenido la suerte de convivir con perros. Cómo dije antes, desde niño, tuve la suerte de ser acompañado por un perro. Para quienes han leído mi blog, seguramente leyeron la historia de mi perrita osa. Les dejo la liga por si desean leerlo (pulsa el título). Pequeña grande Osa.

De mi perrita osa, descendieron varios cachorros durante toda su vida que a su vez; fueron ampliando el linaje de mi pequeña perra, varios de ellos se quedaron conmigo manteniendo así, la línea directa desde la gran osa a través de los años hasta mi último perro, hijo de osa a quien debido a su aspecto físico le di el nombre de lobo.

Lobo también tiene una gran historia que más adelante les contaré, porque hoy de quien les quiero hablar y quien motivó este blog es de mi chaparro, como le digo de cariño: mi Koby.

Este pequeño ser, que llegó a casa de tan sólo dos meses, dominaba la atmósfera con su tierna presencia. Era lo más parecido a una bolita de algodón, una bolita blanca con un par de ojitos curiosos y orejitas tiernas. Muy tranquilo de apariencia. Obviamente, y porque ya en casa habitaba otro angelito, había que atender la parte de la salud del nuevo elemento por lo que debía acudir al veterinario para su protección. En ese entonces, Muñeca una cruza de Beagle que ya tenía años en casa, fue quien fungió como su guía. Aquí inicia lo que llamo, la lección que nos dan los animales. Koby fue adoptado, un tanto para rescatarlo, librarlo de un futuro incierto y también para sacarlo de esa azotea en donde se encontraba hacinado junto con sus hermanos. Cómo dije, la lección que los animales nos brindan. Tenía a dos angeles en casa, porque para este servidor eso es lo que son: ángeles de cuatro patas y colita.


Muñeca ya tenía sus años cuando Koby llegó. En un principio, y al sentirse invadida, le rehuía   y mantenía su distancia pues al ser la única, tenía toda la atención y la calma para ella sola, pero lo aceptó a su manera. Sobrellevaba los juegos y travesuras del pequeño latoso que llegó a alterarle su mundo de calma. Aun así, Koby le respetaba. El pequeño, como todo niño que busca un apapacho de sus mayores, solía acurrucarse junto a ella a lo que ésta respondía con un gruñido, aquello no le impedía al diminuto ser recostarse junto a quien desde ese momento se convirtió en su guía.

Después de dos largos meses de aislamiento, tiempo prudente para la aplicación de la serie de vacunas que había que suministrarle al pequeño para su protección, finalmente salimos a caminar los tres. Todos los fines de semana nos desplazábamos por las avenidas de la colonia para mantener activo al par de angeles y evitarle el estrés. Muñeca aún con su indiferencia hacía ese diminuto ser, fungió como la guía del pequeño diablillo.

Koby, como todo niño, jugaba y armaba el relajo mientras muñe, con su  tranquilidad ignoraba los juegos del pequeño que buscaba involucrarla pero la parsimonia de muñeca neutralizaban los intentos del pequeño, por lo que éste, buscaba a toda costa propiciar una persecución emitiendo ladridos más agudos mientras se inclinaba hacia ella para provocarla. Finalmente lo conseguía aunque sólo fuese un instante.

Koby mostró mucho cariño hacia muñeca, tal vez porque con sus dos meses de edad al llegar a casa, muñeca fue la figura materna más próxima que encontró. Quizás se deba a eso, que mostraba cariño y buscaba su aprobación.

Con el paso de los años el pequeño aprendió algunos trucos de mamá sustituta. También,  al parecer; se coordinaban para solicitar las croquetas, por lo regular, el pequeño tragón era el que hacía ruido con su plato para solicitar las croquetas. Al servirle a los dos platos, Koby ya sea que arrastrara el plato ó, avisaba a muñe con un ladrido y ambos comían juntos. Se había creado una hermandad entre ambos.

Por sus años que ya hacían mella en ella, la hermosa orejona dejó de acompañarnos a nuestras caminatas los fines de semana. Comenzó a desplazarse con cierta dificultad. Sus hermosas patitas respondían temblorosas, con cierta inseguridad que pareciera que en algún momento podría desplomarse después de un largo recorrido. No aguantaba el paso del  inquieto y acelerado Koby, debido a esto, opté por resguardarla para evitar cualquier daño a sus articulaciones. Al final del día la sacaba a dar una caminata corta, lo que su físico le permitía con el afán de que no se sintiera confinada y ejercitara en medida de lo posible sus músculos. Durante nuestra leve caminata, podía percibir su gratitud  a través de su dulce mirada pues conforme avanzaba, de repente  volteaba a mirarme por un momento.

El pequeño continuaba aprendiendo de su guía. Cosas sencillas, como cuando le decía a muñeca que era día de baño, Koby también se unía y repetía lo que su compañera.

Tocaba también, y cómo parte del cuidado  a su salud, el cepillado de los dientes por lo que Koby, fiel a su línea de aprendizaje también tomaba asiento a lado de la jefa esperando su turno para la limpieza dental. Así fue aprendiendo poco a poco la rutina.

Muñeca con los años se volvió un tanto huraña, aunque de pronto volvía a ella destellos de sus momentos de travesura. En su hermosa etapa de cachorrita, cuando me arreglaba para salir siempre encontraba la forma de despistarme y sin darme cuenta tomaba mi calcetín y huía con él iniciando así; un corredero por toda la casa para poderlo rescatar de sus fauces. O cuando se me caía la tapa rosca del agua o la botella de pet, también me lo robaba y emprendía la huida corriendo mientras sus hermosas orejas parecían alas volando por todos lados.

En su grandiosa edad madura, de pronto reaccionaba y lo volvía a repetir. Pero claro, ya no eran esos tiempos. Ahora con el niño, que constantemente buscaba juguetear con ella, era sólo de contemplarlo mientras el otro hacía su show.

Koby respetaba esa renuencia.

Pasaron los años, mismos que mostraron su peso sobre la hermosa muñeca quien a sus ya quince años, comenzaba a manifestar dificultades físicas. Una de ellas era la dificultad para comer, se le dificultaba ingerir sus croquetas, debido a esto, busqué opciones para proporcionarle una mejor opción en alimentos para que pudiera nutrirse lo más óptimo posible. Como manada que éramos, hacía lo posible por su bienestar al igual que koby.


Había días en que muñe no quería incorporarse para comer por lo que Koby solicitaba el alimento haciendo ruido con el plato. Cuando este estaba servido, con sus patitas arrastraba el traste hasta el lugar de su hermana mayor o madre sustituta para incitarla a comer a lo que ésta reaccionaba y se esforzaba a ponerse sobre sus patitas. Al dirigirse a su plato, el pequeño nuevamente arrastraba el suyo para comer juntos.

Durante ese tiempo, Koby de alguna manera estaba atento a los movimientos de muñeca, esto en plena pandemia, por lo que me encontraba haciendo Home office y esto sirvió para pasar más tiempo con ellos y ayudar a la jefa de la manada.

Era feliz trabajando con su compañía, recostados en el piso junto a mí mientras Galleta, mi gatita, lo hacía a un lado del teclado de mi computadora.

Dentro de todo el ajetreo del trabajo, que aunque no se podía salir mucho, por lo que todo era a base de llamadas telefónicas e información vía correo, aun así era pesado pues uno podía empezar a laborar a las 9am pero podía terminar alrededor de las 10pm, sin duda, era una saturación terrible que me arrastró a momentos muy complicados que incluso me llevaron a los gritos por el teléfono. Me encontraba sumamente estresado, con los nervios de punta que estallaba a la menor provocación y golpeaba y aventaba todo. Terrible, aunado a esto, la complicada situación de muñeca.

No había día que no gritara al teléfono por las inconsistencias y arranques estúpidos de quien se supone era mi jefe.

Con el paso de los días y conforme avanzaba esa situación, noté una extraña reacción de mi pequeño perro.

Un día, de pronto sonó el teléfono. Vi a Koby levantarse y dirigirse a donde yo me encontraba trabajando sin acercarse mucho, sólo sé recostaba mirando a la puerta pero con sus orejas en lo alto como cuando se ponen atentos a algo. Pasó esa llamada sin ninguna reacción ya que era la llamada de un cliente.

Una tarde, se presentó una situación.

Sonó el teléfono. Koby se encontraba recostado en su cama, al escuchar el timbre se levantó y realizó la misma operación. Se recostó mirando a la puerta.

Contesté, era la persona al frente de la empresa. Evidentemente era una llamada de trabajo.  Después de comentarios previos, iniciamos con la revisión de los proyectos en activo: producción, materiales, entrega y facturación sin ningún otro tema más que el seguimiento. Todo esto bajo mi cargo ya que tenía años desempeñando ese trabajo sin asistencia o apoyo alguno.

Finalmente llegamos al tema engorroso, las ventas. 

Al estrés de esos tiempos de crisis sanitaria, se sumaba también la de la falta de trabajo para esos tiempos de confinamiento, no había ventas cómo no fuera para la protección contra este virus.

Los ataques llegaron. Las discusiones subieron de tono.

Eran reclamos. Reclamos inusitados: carentes de toda coherencia. No iba a permitir tal arrebato por lo que también reaccioné con una contraofensiva tal, que levantaba la voz pero con una gran diferencia, presentaba argumentos sólidos para mi defensa. Al ver la nula importancia y respeto a mi trabajo estallaba azotando la mano en la mesa, aventaba el móvil gritando encolerizado, era tal la energía negativa y las constantes explosiones que en algún momento sentía fuertes dolores en el pecho y sentía se me adormecían los brazos.

Días atrás Koby ya tenía reacciones al percibir todo eso. Un día nuevamente se presentó un nuevo episodio de estos. Koby se levantó de su cama, con calma, se aproximó con la cabeza agachada y se sentó junto a mí. La llamada ya traía consigo su dosis de explosivos, la discusión volvía a subir de tono y entonces, en el fragor de la pelea y los gritos, mi pequeño se levantó y se  paró colocando sus manitas sobre mi pierna. Me contemplaba con su mirada angelical al tiempo que con su patita derecha tocaba mi mano a modo de caricia. A pesar de todo el embrollo, y dejando a un lado todo lo que acontecía en ese momento, respondía  acariciando a mi pequeño perro y lo abrazaba llenándome de su ternura. Lo increíble de todo esto, es que un ser: un animal, en este caso, un perro; a pesar de la estúpida mentalidad del ser humano al decir que los animales no piensan ni sienten, un perro sea el que me demuestre su sentir y su preocupación por mis constantes arranques, y la mejor forma de calmarme sea su paciencia y su cariño.

En ese entonces, muñeca convalecía víctima de un problema renal. Koby también mostraba su preocupación ante esa situación.

Cómo ya lo había mencionado, tal pareciera que se ocupaba en la alimentación de su guía pues su actitud era esa, estar pendiente de los horarios de comida.

A pesar de que muñeca mostraba fortaleza al ponerse sobre sus patitas, el pequeño solía caminar junto a ella como impulsándola. Se notaba su felicidad al verla comer por lo que lo hacía al mismo tiempo que ella.

Eso duró poco, pues el físico de la bella orejona se fue deteriorando, se iba difuminando cómo los días, se le dificultaba el ingerir sus croquetas por lo que busqué opciones para alimentarla. La mejor opción era la comida blanda por lo que solía cocerle alguna pieza de pollo para así, incitarla a comer algo.

Una tarde, entregado al trabajo, entre revisar pendientes, proyectos en desarrollo y otros temas; el tiempo pasó volando que no me percaté de la hora hasta que el pequeño se aproximó a mi lugar de trabajo buscando llamar mi atención. Absorto en el envío de correos y cotizaciones, no presté atención y continuaba. Koby mostraba su templanza sentado junto, con sus ojos fijos en mí.

Al ver mi nula atención, recurría al ruido con su plato. Entonces reaccioné. Hice pausa y me dispuse a atender al pequeño, serví su plato; se sentó de nuevo mirándome fijamente, sólo le dije: ¡come chaparro!, sólo movió la boca como queriendo hablar, me senté de nuevo para continuar y se paró colocando sus patitas en mi pierna con una súplica en su mirada. Repetí lo mismo de hace unos segundos. ¡Come chaparro! Dije. Entonces fue al lugar de muñeca pero yo no atinaba a su actuar.

Volvió apresurado y nuevamente se sentó mirándome. Como es lógico, y porque muchos de nosotros no entendemos pero tampoco nos tomamos el tiempo para comprender un poco del comportamiento de los animales, yo sólo ignoré lo que Koby hacía, lo que hizo después fue lo que tocó las fibras más sensibles del corazón. Un tanto alterado, y al ver mi falta de comprensión, se levantó y se paró sobre sus dos patitas recargándose en la estufa mientras con sus manitas rascaba a la altura de las perillas justo hacia el quemador donde se encontraba el pequeño recipiente donde hacía unos minutos había cocido la pechuga de pollo para alimentar a muñeca. No pude contener la lágrima. Sentí un apretón en el pecho al ver con qué esmero ese diminuto ángel, buscaba llamar mi atención para atender a su gran guía, a muñeca, su madre sustituta.

Esa escena aún retumba en mi mente pues es increíble cómo un ser que gran parte de la humanidad trata cómo seres sin sentimiento e insignificantes, nos pueden dar una lección. Días después, muñeca se fue, mi ángel voló a casa.

La mañana del triste desenlace, yo ya padecía los estragos de este maldito virus, me encontraba ingresando ya a la puerta de estado grave. Ese día luchando con eso, me puse de pie para atender a mi bella Beagle. En el ir y venir, y con todo lo que ya padecía, no me percaté de lo que a mi lado acontecía. Koby no se encontraba en su cama, no presté atención por lo que me dirigí a la estufa para calentar el desayuno de mi convaleciente perrita. Coloqué el recipiente y encendí el quemador. Me desplacé hacia la cama de muñeca para verla. Aún tengo esa imagen en mi mente. Muñeca recostada de forma normal; de lado y con las patitas estiradas. Todo parecía normal. Koby recostado panza a bajo, estirado con la mirada clavada en muñe.

Me acerqué, y como siempre lo hacía dije: ¡mami, ya se calienta tu comida, despierta! pero no reaccionó; Koby con la barbilla colocada en el piso sólo movía los ojos, miraba a su vieja guía y me miraba como diciéndome algo, entonces me acerqué sólo para descubrir que la gran muñeca agonizaba. Koby al verme reaccionar con llanto evidente, se sentó a un lado y sólo contemplaba la escena. Era necesario llevar a mi ángel al veterinario así que busqué la mejor forma de transportarla pues el recorrido lo haría a pie ya que en esa situación y en ese estado, un taxi no me podría llevar.

Después de todo el ajetreo y tras darle el eterno descanso a muñe, volví a casa, el pequeño sólo me miró y miró a la puerta, imagino que como antes, esperaba la entrada de alguien más, pero ya no fue así.

Me escuchó llorar. En otras ocasiones, cuando escuchaba algún sollozo, corría a consolar a la persona, pero tal pareciera que también sintió la ausencia y sólo se recostó en la cama mirando a la puerta.

Cuando vives este tipo de situaciones o experiencias, comprendes que incluso los animales suelen mostrarnos eso que a nuestros ojos no son visibles; porque no somos capaces de verlo o no lo queremos ver. En esos momentos hostiles o lúgubres, la compañía de un ángel como lo es el perro, aminora el sentimiento o el dolor.

La lección que Koby me da, es el de ser paciente. Soy un tipo que vive muy acelerado y explota a la menor alteración. Y mi pequeño, de alguna forma me ayuda a controlar eso.

Soy observador, pero mi perro me ha enseñado que me falta ser un poco más riguroso y atender a los detalles. Ser un poco más consiente.

Es por eso que amo a estos seres y les respeto, porque para mí, son lo más parecido a un ángel.

Seguro estoy, que si tú tienes un perro, comprendes de lo que hablo.

(FIN)

 



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