Qué le sucedió a mi cigarro 1a Parte

 Entrando a los diez y siete, cuando las cosas en la vida de uno comienza a tomar rumbo. Cuando queremos ser nosotros y libres. Bueno. Eso sucedía conmigo, ignoro si quien lee este texto haya vivido lo mismo.

A esa edad, con toda la precariedad y la falta de impulso o respaldo por parte de mis padres, decidí abandonar el hogar.

Claro que leerlo así, sin contexto, suena terrible, pero lo que quiero decir es que tras un largo análisis y haber conversado con mi madre y mi padre sobre el tema, decidí emprender el vuelo, solo.

Así me adentré a este mundo con ganas de vivir.

Lejos de casa.

Lejos de la familia.

Lejos de las llamadas de atención y vigilancia de mis padres que para esa edad, de alguna manera yo ya me sentía mayor e independiente, pero persistían con sus discursos de orientación, con la disciplina, algo que de pronto se volvía tedioso para mi.

Quizás esa haya sido una de las cosas preponderantes que motivaron mi decisión de buscar mi libertad.

Una vez libre de la ruda y un tanto agobiante disciplina, comencé a conocer aún más de la vida y el mundo pues sólo tenía noción de ello de la mano de mi padre, el ser más rudo que me guió en medida de sus posibilidades, e hizo lo mejor que pudo por prepararnos a mis hermanos y a mi para enfrentar la vida con tenacidad.

Libre al fin, ahora tocaba enfrentar todo por propia cuenta.

Y así llegaba a un empleo, uno de los tantos que vendrían.

Como es normal, no tenía noción de cómo actuar o desenvolverme en este,  pero el hambre y las ganas de superación son más fuertes y te empujan a salir de la encrucijada a como dé lugar.

Mi empleo era el de atender una miscelánea.

El negocio era el  mejor de la cuadra, por ende, había mucho movimiento desde temprano.

Los propietarios de la misma, tenían un par de hijos mismos que también se involucraban con la atencion al cliente por lo que nos coordinábamos para ello sin contratiempos.

En poco tiempo, habíamos creado una amistad pues yo me alojaba en casa de los señores por lo que permanecíamos gran parte del día en la tienda hasta que ellos acudían a la escuela retornando más tarde.

En ese horario, ya un tanto despejado, sin jefes a la vista, ni la rigurosidad, una vez realizado todo lo necesario para que los refrigeradores  estuvieran bien surtidos, los anaqueles con los productos debidamente etiquetados y acomodados; era momento de un poco de relajación.

Así, con los amigos que después de clases se reunían en la tienda para beberse un refresco o disfrutar de alguna fritura, entre ellos los de mayor edad que empleaban esos momentos, y aprovechando el estar fuera de casa llevaban acabo su nueva travesura, fumar.

Yo no era ajeno a ello pues papá también solía hacerlo, lo que sí me sorprendió es, vivir de cerca esa etapa, ver a un muchacho un par de años mayor que yo llevando a cabo esa acción.

Era claro que se hacía a escondidas de sus padres pues una vez, terminado el cigarrillo y para volver a casa, solían adquirír goma de mascar para un poco neutralizar o disimular el olor a cigarro.

Cómo dije antes.

En esa edad en que se te presentan un sinfín de panoramas y conoces de la tentación, siempre estás predispuesto a lo nuevo.

Esas reuniones efímeras, eran muy amenas, entre platicar de alguna anécdota del día o sólo hablar de algo que nos provocara una risa.

Así,  la curiosidad vino a mí.

Una buena tarde. Calma, sin mucho que hacer con la afluencia leve de parroquianos, se reunió la banda en la tienda.

Unos compraron sus frituras, algunos un refresco o pastelillos, y estaban los que adquirieron una cajetilla de cigarros.

Uno de los hijos del dueño: el mayor, Gerardo, solía reunirse con estos fuera del establecimiento mientras yo permanecía atento en la  miscelánea para atender al comensal mientras Rogelio el hijo menor, se quedaba a cargo de la caja de cobro.

Esa tarde, amena, un poco más relajada que la de ayer, que la de antier, nos reunimos. Fabricio, un tipo escuálido, que siempre llegaba con chamarra negra de piel o chamarra de mezclilla desgastada y con un paliacate atado en el brazo, o en ocaciones en la cabeza. Repitió la rutina, a su arribo y tras saludarnos adquirió una cajetilla de cigarros Montana. En ese círculo de alrededor de siete muchachos, todo era calma mientras escuchábamos las aventuras de alguno de ellos. Las locuras de la semana, las desavenencias en casa o algún infortunio en el ligue. Reíamos, debatíamos y bromeábamos sobre los temas que surgían.

Fabricio, entonces encendió un cigarrillo. Antes de guardar la cajetilla le ofreció uno a Gerardo quien ya tenía la experiencia. Gerardo tomó un cigarrillo, acto seguido, Fabricio me acercaba aquella pequeña cajilla ofreciéndome también. No hubo una negativa o una afirmación, sólo estiré la mano y también tomé un Montana, lo coloqué en mis labios, sin pensar siquiera en encenderlo.

En ese momento, Gerardo encendía el suyo con un cerillo cuya flama iluminada su rostro y sus manos que hacían una especie de concha para evitar que el viento le extinguiera. Con la mano protegiendo la llama, la aproximó a mí, inexperto, guiado por lo que había visto de mi padre  aproximé mi cigarrillo para encenderlo; era la primera vez que lo haría.

Una vez que la flama tocó el extremo del tabaco, aspiré para encenderlo, gran torpeza. Recibí el golpe del humo que me hizo toser de forma tal, que todos los ahí reunidos se soltaron en sonoras carcajadas.



Desistí. Por esa tarde.

Días después, cuando la banda no acudía a nuestra tienda, Rogelio que también era inexperto en el asunto del fumar, tomaba una cajetilla del estante donde los exhibíamos y salíamos a la banqueta, no sin antes cerciorarnos de que sus padres hayan salido a correr. Él ya en ocasiones fumaba con su hermano aunque aún surgía el ataque de tos por lo torpe que aún lo hacía, así que, quizás, un novato como yo, le daba esa confianza de no avergonzarse por su torpeza y así, con mis ataques de tos por momentos, aprendí a fumar a mis diez y siete años.

Pasó un tiempo, algunos meses cuando vino a mí las ganas de repetir aquella travesura.  Y así fue que compré mi primer cajetilla.

Aún no sabía, o no tenía una marca favorita después de haber probado distintas de ellas en la miscelánea. Pero creo que por la inercia de lo que ya había probado elegí la marca Montana.

A partir de aquí, todo tomaba rumbo, lo que comenzó como un juego, poco a poco se convertiría en un hábito.

 

Las primeras veces, mis cajetilla solían durarme veinte días o un mes ya que sólo encendía un cigarrillo esporádicamente y siempre cerciorándome de que  nadie me descubriera.

Unos años más tarde, y después de cambiar de empleo y de ambiente, el fumar tomaba su lugar en una parte de mi vida de forma preponderante.

Comenzó un poco como de relax o esparcimiento, pero poco a poco, la necesidad se fue acrecentando, esto cuando me encontraba estresado o en las reuniones y fiestas. Había siempre el momento perfecto para un toque de nicotina.

Tenía control de ello pues algunas veces, en conversaciones con la familia o con personas mayores, sin querer; se colaba el tema de las adicciones. Era más enfocado a sustancias y como es evidente, surgían las historias o anécdotas, de cómo algún familiar o conocido padecía los estragos de algún vicio o adicción  al alcohol, el cigarro o las drogas.

Al escuchar esto, por momentos me atemorizaba el hecho de saber, qué me sucedería con mi ahora gusto por fumar. A partir de ahí, tomaba las cosas con calma y hacía conciencia sobre ese tema.

Transcurrió esa etapa de la edad.

Entré a mis veinte.

A partir de este punto, todo cambió.

Me centré en trabajar. Aspiraba continuar escalando en aquel nuevo empleo. Esa era mi única responsabilidad y pagar mi alquiler. Con esto, mi ambiente cambió radicalmente. Conociendo nuevas personas con diferente enfoque y claro, modus operandi.

Con toda esa libertad, vino entonces él enfrentarme con la realidad de mi nuevo empleo.

Se trataba de la administración de un sector de la compañía, eran números, flujo de efectivo, cobranza y control de cuentas y todo lo que eso conlleva ante las instituciones bancarias.

Aunado a esto, el horario laboral que iniciaba desde las ocho de la mañana.

Era una gran responsabilidad por lo que me angustiaba y terminaba por estresarme y entonces, se acrecentó mi nececidad de fumar.

Poco a poco adquiría más responsabilidades, mismas que requerían de concentración y demandaba tiempo. Esto provocó que el fumar fuera más necesario.

No comprendo qué lograba con eso o cual era el propósito, pero de alguna forma me sentía liberado.

Comencé a fumar con más frecuencia.

Mi primer cigarrillo era a las cuatro de la mañana al levantarme.

El siguiente era al salir de casa para encaminarme al transporte. Arribaba a la oficina alrededor de la siete treinta ya con otro cigarrillo encendido.

Iniciaba la rutina y con ello también la compañía del humo.

Así, transcurrieron nueve años.

Pero eso no es todo. Vinieron también las salidas y reuniones con mis nuevos conocidos y ahí era un sinfín de humo que le seguía inyectando a mis pulmones fumando sin parar.

No sé si esto suceda o no, pero en algún momento, cuando intentaba ejercitarme y al transpirar, sentía que aquello también contenía justo el olor del humo del cigarro.

Pero esto no paraba.

Había veces, por las circunstancias que fueren. Una discusión, un altercado provocaba mi necesidad y caía en lo mismo.

Cuando me encontraba sumamente estresado, nervioso o deprimido, recurría a ello y fumaba como si no hubiera un mañana.



En algún momento, detuve toda esa acción.. o al menos eso intentaba.

Realizaba ejercicios como clavar un cigarro con un alfiler en el Pizarrón como si fuera un recordatorio más o alguna tarea. Un aviso de que era momento de detenerme.

Algunas veces ocultaba mis cajetillas sin terminar, con algunos cigarrillos aún, y me hacía el occiso, fingiendo que se perdían eludiendo, según yo, las ganas de tomar uno.

Fingía demencia diciendo: —¡Qué le sucedió a mi cigarro!

También realizaba, con mucho esfuerzo, de abstenerme en adquirir una cajetilla en la tienda más próxima, pero sólo duraba unas horas, porque terminaba por volver y solicitar esta vez, una cajetilla de Marlboro rojos.

Había adoptado ya esa marca y ya nunca la cambié. Eran de buen sabor. Más fuertes, adecuados para mi necesidad y en mi opinión, una muy buena marca que por cierto, debo decir que tenían muy buen marketing e incluso, sus comerciales televisivos eran fantásticos con excelente producción y locaciones.

Cada vez crecían más las ansias, la ansiedad así como los ataques de depresión. Y el número de cigarros también. Incluso, fumaba uno más antes de ir a la cama. Había veces en que sentía un fuerte dolor de cabeza por el exceso pero eso no me detenía, sólo abría una prolongada pausa antes de encender el otro de nueva cuenta.

En una ocasión, perdido en mis pensamientos, de esas veces en que tu cerebro está concentrado en todo pero aún y con todo ello, se desvía hacia otra idea y acción que si bien, lo tenías pensado pero en ese momento se hace presente con el afán de ser atendido.

Ahí estaba yo, absorbido por las tareas mientras justo, sacudía las cenizas de mi cigarro número (….) en mi cenicero de cristal, cuadrado ya con un buen número de colillas en su interior. Le di una fumada, tomé la calculadora y comencé a realizar unos cálculos sorprendiéndome por el resultado. Significativo, dije. $ 3,638.00, si, tres mil seiscientos treinta y ocho pesos era lo que en aquel entonces me gastaba al año en la compra de mis cajetillas. Pero eso lejos de conmoverme o angustiarme, sólo me hizo pensar ridículamente en que no era mucho lo que invertía en la adquisición de mi vicio.

Lo que comenzó como diversión, ahora hacía estragos mi cuerpo y no lograba neutralizarlo.

Continuará.....


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